Otras chicas solo decían: “a mí también me duele un poco”, mientras yo me sentaba en el baño intentando no desmayarme. El dolor venía en forma de calambres, recorriendo mi abdomen, mi espalda baja, y a veces hasta mis muslos. Era tan intenso que vomitaba. Hubo días que no podía levantarme de la cama y los analgésicos no me ayudaban. Me perdí días de escuela porque ni siquiera podía caminar.
Mi madre, con voz compasiva pero firme, siempre decía: “Es normal. Eres mujer. El dolor es parte de ser mujer. Hay que sobrevivirlo.” No entendía por qué lo decía tan natural, ni por qué no veía que no era “solo dolor”, sino un sufrimiento insoportable. Más tarde comprendí que a ella también le enseñaron lo mismo. Creció en un entorno donde el dolor femenino no se toma en serio, donde el sufrimiento se asocia con la maternidad y la feminidad como si fuera un precio inevitable por ser mujer.
Tenía 27 años cuando, por una serie de casualidades, me hicieron una revisión más completa que incluía no solo el chequeo anual, sino también una ecografía. Mientras miraba el monitor, el médico levantó las cejas y preguntó: “¿Nadie se había dado cuenta antes?”
Descubrimos que durante mi desarrollo en el útero se había quedado una pequeña célula extra, posiblemente un embarazo gemelar que comenzó pero no siguió adelante. Esa célula se alojó en mi ovario izquierdo y creció hasta formar un quiste enorme, tan grande que desplazaba los órganos cercanos.
El médico dijo que probablemente había crecido desde mi adolescencia, impulsado por los cambios hormonales al iniciar la menstruación. Los dolores que durante años creí normales eran en realidad señales de esto. Si no se hubiera detectado a tiempo, podría haber afectado mi fertilidad o incluso mi vida. Solo la suerte hizo que la extirparan a tiempo y que pudieran salvar gran parte de mi ovario.
Está claro que algo debe cambiar: viví años con un tumor del tamaño de una pelota en mi cuerpo, y sus síntomas claros fueron ignorados por mí y por quienes me rodeaban, como si fuera lo más normal.

El dolor no es normal
Por suerte, cada vez hay más diálogo abierto sobre el dolor femenino. Médicos, activistas y cientos de mujeres exigen que se tomen en serio sus molestias. Por ejemplo, recientemente en Estados Unidos los médicos pidieron que se considere la opción de anestesia al colocar un DIU, porque el dolor es real y merece atención. Aquí a menudo lo hacen sin anestesia local, porque se considera solo una “molestia” que “se puede soportar”.
Esto muestra que aún domina una cultura de resistencia donde el dolor femenino no es noticia, ni tema, ni asunto importante.
Es hora de decirlo claro: las mujeres no somos histéricas. No somos débiles. No somos “demasiado sensibles”. Y sobre todo: no tenemos que aguantar nada solo por ser mujeres. Ni el dolor. Porque el dolor no siempre es “natural”. Muchas veces es una señal que merece atención.
Si desde niñas aprendemos a “aguantar”, de adultas seguiremos haciéndolo, incluso si nos va la vida en ello. Es momento de que las mujeres se atrevan a pedir ayuda. Que crean que son ellas quienes mejor conocen su cuerpo y que si algo no va bien, avisarlo no es quejarse sin motivo, sino una alerta.
Es hora de que médicos, sociedad y familiares aprendan a tomar en serio el dolor femenino. Porque una queja ignorada, un calambre minimizado puede costar una vida. Yo sobreviví. Otros quizá no.











