En los últimos años he conocido a muchas personas que se identifican como autistas, con TDAH u otra neurodivergencia, pero al conversar descubro que nunca han consultado a un especialista; solo se autodiagnosticaron basándose en investigaciones o lecturas en internet.
Muchos reaccionan con un gesto de desdén: ¡Es una moda! ¡TikTok! ¡Autodiagnóstico! ¡Ahora etiquetan a todos! Pero yo no.
No porque ignore los aspectos negativos del fenómeno. Los veo claramente. Hay algo inquietante en cómo hoy los términos psicológicos vuelan en discusiones cotidianas.
Casi todos tienen un ex narcisista, un jefe borderline o un hijo con TDAH. A veces, simplemente no estuvieron de acuerdo con nosotros o hubo mala comunicación.
O – y esto solemos olvidar o no querer ver, especialmente si se trata de una pareja que elegimos antes – simplemente no es una buena persona. Porque también existe eso: no todo comportamiento dañino se debe a una particularidad neurológica. A veces alguien es irresponsable, inmaduro o egoísta. Y eso no es enfermedad, es un defecto de carácter.

También coincido plenamente en que un diagnóstico de autismo o TDAH no es un juego. No es una lista de verificación en internet ni un quiz tipo “si tienes tres síntomas, entonces…”. Son procesos complejos y diferenciales que requieren un especialista capacitado, varias evaluaciones, anamnesis y a menudo entrevistas familiares. Un test rápido online solo puede orientar, no diagnosticar.
Aun así, cuando alguien me dice que cree ser autista pero no ha ido al médico, no empiezo a cuestionarlo. No pienso que “hoy todos creen que lo son”.
En parte porque por experiencia familiar conozco bien la realidad del sistema de salud. Las listas de espera parecen interminables. No es raro esperar dos o tres años para una evaluación de TDAH con cobertura pública. Mientras tanto, la persona queda con sus dudas, dificultades y problemas en su vida diaria. La atención privada es más rápida, pero no todos pueden permitirse paquetes de evaluación que cuestan varios miles de euros.
En esta situación, el autodiagnóstico suele ser más que una etiqueta arbitraria: es un apoyo desesperado. Una explicación para entender por qué las situaciones sociales son tan agotadoras, por qué nos abruman los estímulos, por qué se nos escapan los plazos, por qué el mundo se siente diferente.

El autodiagnóstico tiene riesgos. Puede que alguien interprete mal síntomas. Puede que detrás haya ansiedad, depresión o trauma, no neurodivergencia. Puede que la etiqueta limite la perspectiva. Pero también tiene un lado positivo: el trabajo de autoconocimiento.
Cuando alguien empieza a leer sobre autismo o TDAH y se reconoce en ciertos patrones, a menudo no es una excusa, sino un verdadero descubrimiento. “No soy perezoso.” “No soy distraído.” “No soy grosero.” Quizás mi sistema nervioso funciona diferente. Y si es así, necesito otras estrategias.
El autodiagnóstico – en ausencia de otra cosa – suele ser el primer paso hacia la compasión con uno mismo. Al menos hasta tener un diagnóstico oficial. Hasta tener un sello oficial.
Es clave distinguir entre alguien que usa una etiqueta como identidad y alguien que en silencio intenta entenderse a sí mismo. Lo primero puede ser superficial. Lo segundo, valiente.
Así que si me dices que eres autista pero no has ido al médico, no pensaré que es por moda. Pensaré que buscas respuestas. Que intentas darle sentido a tus experiencias. Que quizás estás en largas listas de espera o enfrentas limitaciones económicas. Que mientras tanto lees, tomas notas, exploras libros terapéuticos, escuchas podcasts y buscas funcionar mejor en tu vida.
Respeto tu camino.











