Hace poco, en una conversación, escuché a un amigo decir: “Fui a terapia, pero no sentí que me ayudara.” Aunque entendía lo que quería decir, la firmeza de esa frase me sorprendió. Porque sí, la terapia puede no funcionar, pero casi siempre hay una razón: tal vez no entramos con la mentalidad adecuada, o no estamos trabajando con el terapeuta correcto, o, lo más común, no le dimos el tiempo suficiente para que haga efecto.
Por experiencia, ir a terapia no es un paseo agradable. Claro, hay conversaciones reconfortantes, pero la mayoría del tiempo implica un trabajo interno profundo que a menudo nuestro cuerpo y mente resisten. Los avances y descubrimientos son señales valiosas de que vale la pena continuar, pero si no llegan, es fácil caer en la trampa de pensar que la terapia no funciona.
Es como si olvidáramos que la mayoría de las heridas que llevamos a terapia no surgieron ayer. No es una mala semana ni una conversación fallida, sino años, a veces décadas de historia. Palabras que escuchamos de niños. Situaciones donde no tuvimos elección. Patrones que alguna vez nos ayudaron a sobrevivir y que hoy nos frenan. Y aun así, en el fondo, esperamos que unas pocas sesiones y algunos descubrimientos lo “arreglen” todo de golpe.

Es natural querer una solución rápida
Vivimos en un mundo donde todo es inmediato: la comida, la información, las respuestas, el feedback. Si nos duele la cabeza, tomamos una pastilla. Si el teléfono no funciona, lo reiniciamos. Si algo no está bien, queremos arreglarlo y seguir adelante rápido. Pero el alma no funciona así.
No hay botón de reinicio ni actualización que haga que todo encaje de un día para otro.
La terapia no es cirugía, es más bien jardinería. No se trata de cortar algo, sino de cuidar, observar, cavar y esperar por mucho tiempo. Y esa espera es una de las partes más difíciles del trabajo mental. Sobre todo porque habrá momentos —cuando nuestra pala saque esqueletos del pasado— en que todo parecerá peor que antes de empezar a remover. Lo que antes estaba adormecido, se vuelve agudo. Lo reprimido sale a la superficie. Lo que parecía seguro, se vuelve incierto. No es raro que alguien quiera dejar la terapia porque “se volvió demasiado”. Pero muchas veces eso es señal de que algo finalmente está pasando.

Es difícil aceptar que el sistema que nos mantuvo funcionando durante décadas —aunque doloroso— no se derrumba en unos meses. Que nuestro sistema nervioso necesita tiempo para creer que ya no hay peligro. Que no siempre hay que estar alerta, defenderse o adaptarse. Es un proceso de aprendizaje lento, lleno de repeticiones y retrocesos.
La terapia es un ejercicio de paciencia porque nos enseña a esperar respuestas. No vamos a entender todo de inmediato, y a veces nos llevará tiempo encontrar las preguntas correctas. Mientras esperamos, debemos aprender a tolerar la incertidumbre.
Una de las lecciones más importantes de la terapia para mí fue entender que no estoy “roto” y que no necesito arreglarme rápido. Solo tengo una historia con capas, causas y conexiones.
Yo escribo lo que sigue, pero solo puedo ser un buen autor si entiendo las razones detrás de lo que ya pasó.
Si aceptamos esto, la terapia no será una intervención de emergencia, sino un proceso largo, lento, a veces doloroso, pero profundamente transformador. No un parche rápido. Pero tal vez ese es el precio para que no solo oculte, sino que realmente cambie.











