Repetía como un mantra que todo pasa por una razón, hasta que entendí que no siempre tenemos que estar bien. Hubo una etapa en mi vida en la que casi por reflejo decía: «todo sucede por una razón». Si algo dolía o sufría una pérdida, sacaba a relucir mi lado irremediablemente optimista y sostenía las historias con esa frase.
Sonaba bien, parecía tranquilizador y, sobre todo, ayudaba a evitar sentimientos incómodos. El problema llegó cuando me di cuenta de que hay circunstancias que simplemente no dependen de nosotros. En esos momentos, insistir en ser positivos puede hacer más daño que permitirnos sentir la negatividad.
El mensaje de «sé positivo» está en todas partes: libros, citas, redes sociales y conversaciones con amigos. Parece que la meta es encontrar una lección inmediata en cada situación y transformar todo dolor en un significado inspirador. Y si no podemos, sentimos que el problema somos nosotros. Pero muchas veces no es que no veamos lo bueno, sino que aún no hemos llegado al punto donde podamos sentirnos bien otra vez…

El decorado obligatorio de estar bien
En un momento me di cuenta de que no solo me pasaba a mí, sino también a otros. Cuando alguien hablaba de duelo, agotamiento o miedo, automáticamente intentaba consolar, porque ¿qué otra cosa puede hacer una persona? Además, por naturaleza soy una persona optimista que cree firmemente que después de las dificultades llegan días mejores.
Pero también noté que a nivel social tratamos los sentimientos negativos como si fueran algo inapropiado que hay que eliminar rápido antes de que duren demasiado. (Y seguimos plantando esas semillas en nuestros hijos hasta hoy...)
La tristeza no es un error, la ira no es un fracaso, la ansiedad no es debilidad: son reacciones naturales que nos indican que algo importante nos está pasando. Cuando insistimos en ser positivos, en realidad silenciamos esas señales y, al mismo tiempo, nos silenciamos a nosotros mismos. En esos casos, «todo pasa por una razón» no es un apoyo, sino una evasión, una frase que cierra el autoconocimiento antes de que pueda comenzar.

No todo dolor quiere enseñar
Durante mucho tiempo creí que todas las dificultades tenían un sentido, solo había que encontrarlo. Hoy soy más cautelosa con esa idea. Aunque creo que vale la pena explorar cada bloqueo desde todos los ángulos posibles, siento que no toda pérdida quiere enseñarnos algo, ni todo desafío nos hace mejores. Hay cosas que simplemente duelen y son injustas, y eso ya es razón suficiente para sentirnos mal.
Cuando recientemente me permití aceptar esta postura, curiosamente no me sentí más débil. Al contrario, recibí mensajes que me fortalecieron y me hicieron descubrir cosas importantes. Por ejemplo, que cuando toco fondo, puedo dejarme ir, y siempre habrá alguien que me sostenga sin que le cueste. Fue liberador entender que no siempre tengo que «reaccionar bien», ni resolver todo yo sola. Muchas veces basta con estar juntos, sin explicaciones ni lecciones largas.
Las emociones no existen para avergonzarnos
Sino para darnos información sobre nuestro estado interior y mostrar dónde aún tenemos trabajo por hacer.
La ansiedad advierte, la ira marca límites, la tristeza revela lo que realmente importa.
Si reprimimos todo esto con el optimismo obligatorio, no solo perdemos las emociones, sino también la conexión con nuestro yo más profundo.
Por eso ya no repito automáticamente que «todo pasa por una razón». A veces sí, a veces no, y está bien así. Sobre todo porque estar bien no es un estado fijo, sino algo que está en constante movimiento. A veces estamos más cerca, otras apenas lo vemos en el horizonte, pero ninguno de esos extremos define quiénes somos realmente.











