En la época previa a Navidad —como seguro a muchos— también se me acumularon las cosas. Tenía masa de galletas de jengibre en la nevera, tenía que comprar un regalo para un compañero de clase de mi hija, que le tocó en el sorteo, entregar trabajos pendientes, y ni siquiera había pensado qué cenaríamos esa noche. Mis días se convirtieron en una lista interminable de tareas sin fin visible.
En los momentos más intensos me repetía: “solo hay que sobrevivir estos pocos días”. Que después de las fiestas todo volvería a la normalidad y finalmente tendría tiempo para descansar. Que era una excepción, una carrera festiva, la locura de fin de año. Pero de repente me di cuenta: en el día a día también me digo lo mismo. No con galletas y listas de regalos, sino con plazos, correos, logística y cargas mentales invisibles —pero igual estoy en modo supervivencia.
Una prueba infinita de rendimiento
¿Cuántas veces llegas justo a terminar tus tareas? ¿Cuántas veces terminas el día y solo quieres caer en la cama sin energía para nada más que mirar el móvil unos minutos hasta dormirte? ¿Cuántas veces estás presente físicamente, pero tu mente ya está resolviendo la siguiente tarea, dando vueltas a otro problema, sumando un “y esto también” a la lista? Como si la vida no fuera una serie de momentos, sino una prueba interminable de rendimiento.
¿Cuándo decidimos que tenemos que hacer todo lo que podamos en un día? ¿Cuándo se volvió un principio vivir al máximo y fingir que eso es lo normal? ¿Cuándo descansar empezó a parecer sospechoso, el cansancio algo que hay que justificar, y la debilidad decir “esto es demasiado” un tabú?

Ahí estaba en la cocina, con unas 250 galletas de jengibre recién horneadas frente a mí, un bote de glaseado al lado, y de repente vi claro: he vivido en una ilusión estos últimos años. Fingía que estaba bien agotarme hasta el límite y que el problema era mío por cansarme. Como si fuera natural estar siempre tensa, al borde de mis nervios, diciéndome “solo aguanta un poco más”. Pero, ¿y si no quiero aguantar, soportar y sufrir mi vida, sino vivirla de verdad?
Con esa revelación, eliminé tres platos del menú navideño. No fue un gesto dramático, sino una pequeña rebelión silenciosa. Y me prometí algo más: que el próximo año sería diferente. Que no fingiría que es normal seguir hasta caer rendida. Que diría cuando estoy cansada. Que aprendería a decir no a cosas que simplemente no caben en mi vida, aunque “se espere”, “sea costumbre” o “otros lo hagan”.
Quizá el próximo año no hagamos una corona de Pascua especial. Quizá no hornee pasteles cada fin de semana, y sí, puede que diga no a algunos trabajos. Pero a cambio, estaré presente en cada momento. No sobreviviré mis días, los viviré. Y lo más importante: no participaré en ese gran truco social que nos hizo creer que agotarnos es normal.











