Desde pequeña, mi hija adoraba las verduras y las frutas. Uno de sus mayores placeres era pelar guisantes o recoger tomates. Sentí que íbamos por buen camino. Pero llegó la escuela, con nuevas costumbres, presión de grupo, sandwiches para intercambiar y las primeras frases de "puaj, no quiero esto" o "¿no hay comida de verdad?".
Cuando pensé que no podía ser más complicado, llegó la preadolescencia
Es difícil mantener la calma cuando tu hijo llama asqueroso ese guiso de acedera que antes mordisqueaba feliz en el jardín. Más aún si te dedicas a la nutrición. Sabe que entiendo del tema y también que puede ser muy quisquilloso conmigo en este aspecto.
Ella también usa la comida, igual que yo, pero aún no entiende del todo por qué pasan las cosas. Y quizás a veces ni yo lo entiendo.
Al mismo tiempo, intento que la comida no se convierta en un campo de batalla entre nosotras. Quiero que se atreva a preguntar, probar, decir que no y volver a intentarlo. Y sobre todo: que no tenga miedo a la comida, ni a la saludable ni a la que no lo es.

¿Qué recomiendan las guías oficiales?
UNICEF señala 5 hábitos simples y esenciales para que los niños desarrollen una relación saludable con la comida (y no, ninguno se trata de contar calorías en los pancakes).
- Predicar con el ejemplo. Si disfruto comiendo coliflor al horno y no la sirvo como castigo, eso influye en ellos. Comprar, cocinar y probar juntos despierta su curiosidad natural y fomenta la conciencia alimentaria.
- No usar la comida como castigo o recompensa. Frases como "Si no te lo comes, no hay postre" enseñan que la comida no es para disfrutar, sino algo que se da o se quita, lo que puede dañar la relación a largo plazo.
- Enseñar qué significa estar satisfecho. No con regaños (“otros pasan hambre y tú dejas la zanahoria”), sino ayudándoles a sentir cuándo están llenos. Es una habilidad mucho más valiosa que cualquier regla de plato.
- No prohibir alimentos. Las prohibiciones suelen aumentar el deseo por esos alimentos. Mejor enseñar que cada comida tiene su lugar y momento; la clave está en la medida, el ritmo y la conciencia.
- Atender las porciones. Porciones demasiado grandes pueden sobrecargar el cuerpo y confundir la sensación natural de hambre. Muchos adultos también comen en exceso, pero aprender juntos es muy inspirador para los más pequeños, ¡también en la mesa!

Como madre, no escribo menús, construyo puentes
Las recomendaciones de UNICEF muestran que la relación con la comida no se trata de contar gramos de proteína al día, sino de las emociones que rodean la mesa. ¿Estrés, vergüenza, presión? ¿O curiosidad, juego y momentos compartidos?
He sido esa mamá cansada y frustrada que, tras el cuarto rechazo a un guiso, grita desde el baño: "¡Entonces come lo que quieras, me da igual!". Pero luego respiro y vuelvo a empezar, porque no quiero que la comida sea una lucha de poder. Prefiero que sea un vínculo para cuidarnos mutuamente.
Equilibrando el rollo de canela y mi paz interior
Busco eliminar la culpa, la ansiedad y la presión del “comer bien” en nuestras charlas sobre alimentación saludable. Quiero que mi hija elija la sandía no por miedo al chocolate, sino porque sabe que le hace bien. Y que también entienda que el chocolate tiene su lugar.
Claro que sigo aprendiendo, sobre mí, sobre ella, sobre nosotras. Hay días en que nada sale como quiero y otros en que un pequeño detalle renueva mi fe en que vamos por buen camino. No busco perfección, sino amor, espacio y flexibilidad. Que no solo se llene, sino que esté bien. Y confío en que a largo plazo eso será lo más importante para ella.











