Hace poco un amigo me dijo algo que al principio sonó más divertido que una gran lección de vida.
Estábamos en una terraza, con una copa de vino, hablando sobre trabajo, planes y hacia dónde vamos en la vida. En esas charlas llega un momento en que uno se vuelve un poco más sincero que a plena luz del día. Así llegamos a hablar de lo difícil que es a veces creer que lo que hacemos algún día funcionará.
Entonces mi amigo se recostó y dijo: «Si quieres tener éxito, tienes que ser un poco soñador.»
En realidad no usó esas palabras exactas, él usó la palabra delusional, que es difícil de traducir: más allá de la determinación y el empeño, incluye un toque de locura.
Como ya llevábamos un par de copas, me reí de esa idea, pero no la tomé muy en serio.
Pero de alguna forma esa frase se quedó conmigo. Y cuanto más la pensé en los días siguientes, más sentí que tenía razón.
Porque si somos honestos, la mayoría de los grandes planes parecen un poco irreales al principio. Si alguien mira su situación con total racionalidad —sus relaciones, oportunidades, estadísticas— a menudo concluye que quizá no vale la pena intentarlo.
¿Cuántas personas quieren escribir un libro? ¿Cuántas quieren emprender un negocio? ¿Cuántas desean vivir de lo que realmente aman hacer? Y de esas, ¿cuántas llegan a intentarlo de verdad?
La mayoría se frena desde el principio. No por pereza o falta de talento, sino por pensar demasiado en lo realista.
Porque en su cabeza suena una voz que dice: quizá no soy lo suficientemente bueno. Quizá otros son mejores. Quizá esto no funcionará.
Y si alguien escucha esa voz, es muy fácil rendirse antes de que pase algo.
En ese sentido, sí hace falta un poco de «soñar despierto».
No es un tipo de actitud arrogante. No es la mentalidad de «me lo merezco» esperando que todo caiga en el regazo. Es una fe silenciosa y obstinada en que lo que haces puede tener sentido.

Al fin y al cabo, ¿quién creerá en nosotros si nosotros no lo hacemos?
El éxito rara vez llega rápido. Al principio, la mayoría de los trabajos requieren mucho esfuerzo sin recibir casi ninguna señal de que vamos por buen camino.
Trabajas. Intentas. Pones tiempo y energía. Y lo que recibes a cambio: nada.
Es fácil dudar. Pensar que quizá no eres lo suficientemente bueno, que otros lo hacen mejor o que toda la idea fue un error.
Muchos se rinden aquí.
Pero muchas veces justo en ese momento es cuando más importante es seguir adelante. Un proyecto más. Un intento más.
Y para eso hace falta algo que desde afuera puede parecer irracional: la convicción de que si trabajas lo suficiente y con persistencia, tu trabajo dará frutos. Porque crees que eres tan bueno en lo que haces que no puede ser de otra manera. Esa fe puede darte la fuerza para superar la fase en la que trabajas sin recibir ninguna confirmación del mundo.
La mayoría se queda en el camino aquí. Pero no quienes son un poco delusional.











