Hay días en los que te dices a ti mismo por la mañana que aguantarás, que lo lograrás, que solo tienes que terminar una cosa más y luego descansarás. Pero siempre aparece otra tarea, otro mensaje, alguien que necesita de ti. Y cuando te das cuenta, has trabajado todo el día sin decirte ni una palabra amable. Es como si siempre los demás fueran primero y tú solo cuando sobra un poco de tiempo. Pero rara vez sobra.
A veces ni siquiera te permites dos minutos para relajarte y simplemente estar. Porque siempre hay una voz en tu cabeza que susurra "habrá tiempo después". Pero no vemos que ese "después" muchas veces llega demasiado tarde. Que cuando deberíamos descansar, simplemente nos quedamos sin fuerzas. Y justo entonces es cuando más necesitamos ese amor que damos todo el día a los demás.
Pero si eres honesto contigo mismo, en esos gestos cotidianos de valentía está tu mayor fuerza. Levantarte incluso cuando quisieras esconderte bajo las sábanas. Seguir adelante con el día, aunque por dentro te sientas hecho pedazos.
Dar amabilidad a otros cuando tú mismo la necesitas es algo que damos por sentado, pero no debería ser así.
De alguna manera, siempre minimizamos nuestros logros. Incluso cuando cada día demostramos que podemos con todo. Si un amigo compartiera contigo lo mismo, seguro que le dirías lo orgulloso que estás de su fuerza, de todo lo que ha logrado y de lo admirable que es su esfuerzo. Pero cuando se trata de ti, sueles pensar: “Está bien, pero aún no es suficiente”. Como si solo los demás merecieran reconocimiento. Como si solo merecieras elogios si haces algo “grande”. Pero, sinceramente, ¿por qué no puede ser suficiente lo que hiciste hoy?
¿Y si a partir de ahora no dejamos esto pasar? No necesitas palabras grandiosas ni metas enormes para detenerte un momento. Basta con un pensamiento dirigido hacia ti. Basta con decir: “Buen trabajo. Hoy diste todo.” Y si estás cansado, abrumado o desmoronado, aún más: “Hoy lo lograste. Eso ya es suficiente.”
¿Sabes qué es lo mejor? Que no tienes que ser siempre fuerte para sentir orgullo por ti mismo.
A veces, la mayor valentía es admitir que estás cansado. Pedir ayuda. Parar y no seguir corriendo solo porque "hay que hacerlo".
La amabilidad que das sin pensarlo a los demás, también te la mereces tú.
Sé que a veces es más difícil querernos a nosotros mismos que a cualquiera. Es más fácil celebrar a otros que reconocer que también merecemos ser celebrados. Pero piensa: la fuerza con la que empiezas cada día, la empatía que das a los demás y el coraje que te impulsa cuando más quieres parar, todo eso está dentro de ti.
No necesitas ser perfecto para felicitarte. Basta con estar presente. Basta con intentarlo. Basta con seguir adelante. Así que pregúntate de nuevo: ¿te has felicitado últimamente o solo has tenido tiempo para los demás? Si es lo segundo, que hoy sea el día en que te des un poco de amor. Porque créeme, te lo has ganado.











