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“Viajar también es un arte y aprendí: es mejor no querer tachar todo en el mapa”

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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“Viajar también es un arte y aprendí: es mejor no querer tachar todo en el mapa” — Estilo de vida
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De niña, viajar era un evento raro y especial. Quizás unas vacaciones al año, casi siempre al mismo lugar: sitios cercanos y conocidos, aquí en casa. En ese entonces, viajar por el mundo no era común ni sencillo. Necesitabas pasaporte, permisos a veces, y mucha organización. Viajar era un lujo, no un estilo de vida.

Aprender a llegar, no solo a partir

De adolescente, participé en más excursiones en autobús —con la familia o el colegio— y sentía que mi mundo se ampliaba un poco más cada vez. Trabajaba todo el verano para poder viajar al final de la temporada.

Aún recuerdo el orgullo de llegar a Copenhague con el dinero que ahorré trabajando los fines de semana.

Más tarde, mi pareja consiguió trabajo en el extranjero, y no atado a un lugar fijo: así, viajar se volvió parte de nuestra rutina. Mientras estudiaba, escribía mi tesis o empezaba trabajos online, muchas veces lo acompañaba. Pasamos meses en un país árabe, semanas en el sur de Italia, Bosnia o cerca de la frontera con Holanda. Descubrí lo distinto que es vivir en un lugar frente a ser turista: adaptarse, ser cauteloso, aprender cómo viven, qué valoran y de qué se sienten orgullosos.

Claro que hubo épocas en que viajar fue más trabajo que placer. Trabajábamos seis días a la semana y solo el séptimo era libre. A veces debíamos elegir: ¿volver a casa con la familia o aprovechar para explorar algo cercano? Por muy cansados que estuviéramos, muchas veces elegimos la aventura —y hoy sé que fue una gran decisión.

Luego llegó la pausa, para la que no estaba del todo preparada

Con el tiempo todo cambió: formamos familia, tuvimos un perro y los viajes se hicieron menos frecuentes para mí. Llegó el jardín, luego la pandemia, y de repente nuestra vida se desaceleró drásticamente. Pero lo bueno fue que en vez de miles de kilómetros, ahora nos separa solo un metro: ambos trabajamos juntos en la misma mesa, desde casa.

Al principio, la "inmovilidad" se sentía extraña. Extrañaba las nuevas experiencias, la emoción de un próximo destino o proyecto.

Pero con el tiempo entendí que, con un poco de organización, por primera vez no son el trabajo ni las circunstancias quienes deciden cuándo y a dónde viajamos. Ahora somos nosotros. Y lo mejor: no gastamos en crear una base o renovar, sino en experiencias que elegimos.

Esta es la nueva forma de libertad —y con ella llegó el dilema de la abundancia

Por un tiempo sentí que competía conmigo misma y con el tiempo. ¿Cuántos países, ciudades y puntos nuevos nos esperan en el mapa? Otro vuelo directo, otro fin de semana largo, otro lugar para tachar en la lista... Y estando allí, quería verlo todo: los sitios turísticos obligatorios y los secretos. Por eso seguíamos un itinerario muy apretado. La organización era clave y los viajes fueron intensos, pero noté algo: mis recuerdos empezaban a mezclarse. Ya no recordaba en qué ciudad vi esa palmera increíble o en cuál playa mi hija se bañó en febrero. Los nombres de museos, calles y atardeceres se volvían borrosos. Fue entonces cuando supe que debía frenar, porque así no tenía sentido.

Un día simplemente me detuve. Aclaré en mi mente que viajar no es tachar lugares en el mapa, sino lo que llevo conmigo: aromas, sabores, sensaciones, historias...

También comprendí que, por más que lo intente, no veré todo el mundo —y está bien así. No necesito conocer cada lugar ni profundizar en todo. Lo que realmente me toca el corazón, puedo visitarlo de nuevo.

Ahora sé cómo viajar más despacio

No quiero consumir el mundo con prisa. Prefiero llegar de verdad —a un café, a una calle medieval, a una historia irrepetible. Ya no siento que debo demostrar cuántos lugares he visitado; quiero que cada viaje me aporte algo. Viajar es un arte, pero no el de tachar sitios, sino el de vivir el momento. El camino más hermoso no está en el mapa, sino en nosotros —y para eso, vivir el presente es esencial.

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