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Ya no quiero estar siempre formándome. Mi descubrimiento: “ahora mismo estoy bien”

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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Ya no quiero estar siempre formándome. Mi descubrimiento: “ahora mismo estoy bien” — Estilo de vida

Dicen que el buen sacerdote estudia toda la vida, pero ¿y si ya estoy justo donde quería llegar?

Hay un instante en que llegamos sin darnos cuenta. No a una meta, porque la vida rara vez es una carrera donde gana quien llega primero.

Piensa en una voz interior, un reconocimiento silencioso de que “ahora mismo estoy bien”. Que ya no buscas a toda costa más cursos, diplomas, certificados o logros, porque en el fondo sientes que esta vez no te falta nada en tu vida.

Escuchamos mucho eso de “el buen sacerdote estudia toda la vida”, y es cierto: la curiosidad y el deseo de crecer nos mantienen vivos y motivados. Pero, ¿y si la paz viene no de buscar nuevo conocimiento, sino de profundizar en lo que ya sabemos?

¿Y si el aprendizaje verdadero sucede mucho más profundo de lo que imaginas?

Durante mucho tiempo pensé que el desarrollo era un camino recto. Que siempre hay más, mejor, que siempre podemos avanzar —y que debemos hacerlo. Pero mientras me inscribía una y otra vez en cursos y profundizaba en temas, entendí que quizás no buscaba más información, sino tranquilidad.

No se trata de dejar de aprender, sino de que ya no lo siento como una obligación. No necesito “mejorar” cada día para ser valiosa. Aprendí a disfrutar donde estoy ahora —y tal vez ese sea mi mayor avance.

El auto-reconocimiento no es vanidad, es sanación

Creo que uno de los pasos más difíciles y hermosos del autoconocimiento es mirar atrás conscientemente y decir: “estoy donde quería llegar”.

No es presumir, sino un momento de reflexión: ver que lo que alguna vez deseamos ya es nuestro. Se necesita sabiduría para reconocer nuestro propio progreso y valorar el camino recorrido. Esto es especialmente difícil para quienes recibieron poco reconocimiento en la infancia, y solo se sintieron queridos si cumplían. De adultos, tienden a vivir como si siempre estuvieran en examen.

Una persona planea y escribe notas en un diario en un café acogedor. Hay una laptop y un smartphone sobre la mesa.

Tengo un amigo muy cercano que sabe exactamente de dónde vienen sus traumas, pero no puede desacelerar. No se conforma con su doctorado, llegó a ser profesor, enseña muchas materias, tiene más títulos de los que puedo contar con una mano y ahora empezó otra maestría.

Está seguro económicamente, es reconocido, pero siente que algo le falta. Parece que para él estudiar no es un placer, sino una forma de huir —una presión constante por demostrar que “todavía no es suficiente”.

En el otro extremo está una amiga. Obtuvo un título excelente, acorde a su personalidad, pero la vida la llevó por otro camino. Aprendió idiomas, se mudó al extranjero y subió peldaños: trabajó en hostelería, recepción, oficinas, siempre con esfuerzo y constancia. Pero se quedó estancada, no por falta de capacidad, sino porque no confía lo suficiente en sí misma. Espera algo. Quizás una señal externa que la impulse, aunque sabe desde hace años que está destinada a más.

El desarrollo no siempre es visible

No siempre se traduce en un nuevo título, puesto o diploma. A veces solo significa que ya no reaccionamos igual que antes. Otras veces que somos más valientes, pacientes y agradecidos. La mayor prueba de crecimiento no es lo que podemos mostrar a otros, sino cómo nos sentimos ahora. Si estamos en paz con nuestro lugar, si podemos ver la plenitud en nosotros, aunque aún no hayamos cumplido todas nuestras metas.

A veces aún siento que debería aprender algo nuevo o que es hora de pedir más libros sobre un tema que ya conozco. Pero ese impulso ya no nace de sentir que me falta algo, sino del deseo de vivir la experiencia.

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