Las tiendas parecen decir que siempre deberíamos vivir en la próxima estación. ¿También has notado que nos roban el presente?
A principios de agosto entré a una tienda para comprarle un traje de baño nuevo a mi hija: había usado tanto el anterior que ya estaba desgastado. Afuera hacía treinta grados, disfrutábamos los últimos momentos del verano, pero adentro era otro mundo.
En las estanterías ya colgaban abrigos, y en el escaparate castañas artificiales y hojas naranjas anunciaban el otoño. Me detuve un instante: ¿por qué quieren que pensemos en días grises y frescos cuando el verano aún está en su apogeo?
En los últimos años, trato con más cautela las estaciones del calendario. Prefiero seguir el ritmo de la naturaleza, que me parece mucho más lógico, aunque el clima cambie.
Piénsalo: el primero de enero la naturaleza difícilmente apoya un cambio de estilo de vida. Hace frío, los días son cortos, hay poca comida fresca y de temporada en las tiendas, y nuestro cuerpo pide descanso. Sin embargo, parece que todo el mundo insiste en que ahora es el momento para lograr cualquier cambio.
Este año presté atención y justo después del equinoccio de otoño el clima empezó a refrescar, como si la naturaleza señalara que era hora del cambio. Pero el 1 de septiembre mi hija fue a la escuela con un calor de verano intenso.
Siento que esta extraña dualidad está presente todo el año. Apenas llegamos a la mitad de una estación y el comercio, junto con todo lo que nos rodea, ya nos prepara para la siguiente.

También tiene nombre técnico
Este fenómeno es real y tiene nombre: "holiday creep". Básicamente, las tiendas empiezan cada vez más temprano a mostrar productos de temporada o festivos. Por eso vemos decoraciones navideñas en octubre, chocolates de Pascua en febrero o abrigos de otoño en pleno verano.
Desde el punto de vista del marketing es simple: cuanto antes comienzan las campañas, más tiempo hay para comprar. Esto significa más ventas, rotación rápida de stock y mayores ingresos. Como planifican la imagen y comunicación con meses de anticipación, cuando llega la temporada, todo ya está listo.
Lo molesto y su impacto personal
Personalmente, me molesta porque a menudo no encuentro lo que realmente necesito. Comprar traje de baño en agosto es casi imposible. No porque no haya alguno escondido, sino porque ya no traen nuevas tallas. O tengo suerte y encuentro una oferta que me queda, o compro online y puede que sirva o no.
En las tiendas siento que siempre voy atrasada. Si no compro la decoración navideña ahora (o el traje de baño), probablemente se agotará cuando realmente la necesite. Pero no solo a mí me presiona este sistema; a nivel social también se siente: las tiendas nos empujan al futuro. No podemos disfrutar el presente porque los escaparates ya nos recuerdan la próxima temporada. Como si no tuviéramos derecho a gozar el último rayo de sol, y si no, somos como el grillo del cuento, mientras la hormiga ya piensa en tiempos difíciles.
Esta mezcla de temporadas transmite un mensaje: parece que ninguna época es suficientemente buena. El verano no es verano porque ya hay que prepararse para el otoño. Y el otoño no es otoño porque después de Halloween ya brillan luces navideñas y ofertas para Black Friday. Esta presión consumista es consciente: si siempre anhelas la próxima temporada, nunca estarás satisfecho con lo que tienes y volverás a sacar la cartera.
Además, cada vez más expertos recomiendan un "calendario flexible de retail", donde no importan las estaciones tradicionales, sino periodos creados según estilos de vida. Así surgen la "temporada de parrilladas" o la "temporada de fútbol" como nuevas fuentes de ingresos. La estacionalidad ya no se basa en fechas fijas, sino en aprovechar momentos cotidianos y convertirlos en negocio.
¿Qué significa esto para nosotros, compradores cotidianos?
Quizá que debemos protegernos conscientemente de la prisa. Recordarnos que el verano tiene derecho a durar mientras dure. Que no perdemos nada si no corremos hacia la próxima fiesta.
Me gustaría que el verano siga siendo verano y la Navidad, Navidad. No significa dejar todo para último momento, sino valorar la belleza del presente y no permitir que el comercio me la arrebate. No pienses en una gran rebelión, solo digo no a la prisa conscientemente. Este año, aunque en agosto las decoraciones me tentaron, esperé al equinoccio de otoño para dejar entrar los colores de la temporada en la terraza. ¿Sabes qué? Fue mucho mejor así. Sobre todo porque a mediados de septiembre viajamos, cerrando con honor esta estación movida. Después, miré al otoño con tranquilidad, y hasta el clima pareció apoyarme, como aprobando mi decisión.











