Paso a paso, sin desmontar nada que no toque
Lo primero y no negociable: desconecta el aparato de la corriente, no basta con apagarlo con el mando. En los equipos de pared, la tapa frontal se levanta con las dos manos, desde los laterales, hasta que queda enganchada en su posición abierta. Dentro verás uno o dos filtros de rejilla plástica que salen tirando ligeramente hacia arriba y luego hacia ti. No hace falta destornillador ni tocar nada más.
Sacúdelos primero fuera de casa o pásales el aspirador con el cepillo suave, siempre por la cara que está más sucia, para no empujar la suciedad hacia dentro. Después, lávalos bajo el grifo con agua templada —templada, nunca caliente— y una gota de jabón de manos o lavavajillas suave, ayudándote de un cepillo blando. Aclara bien y, aquí viene lo importante, déjalos secar completamente a la sombra, en horizontal. Un filtro húmedo colocado de nuevo en el aparato es la receta exacta del olor a moho.
Con los filtros fuera, aprovecha para pasar un paño apenas humedecido por la carcasa y por la rejilla de salida del aire, sin empapar. Cuando todo esté seco y montado, enciende el aire en modo ventilador durante diez o quince minutos: ayuda a evaporar la humedad interior antes de dejarlo apagado hasta el verano.
El olor a cerrado casi nunca está en el filtro
Si has limpiado los filtros y el olor persiste, el origen suele estar más adentro: en la batería o serpentín, donde se condensa el agua, y en la bandeja y el tubo de desagüe. Ahí es donde se acumula la humedad estancada. Esa parte no se limpia con un paño desde fuera, y forzarla con productos o con demasiada agua puede dañar las aletas de aluminio, que son finísimas.
Lo razonable es limpiar tú los filtros cada temporada —eso te corresponde y es sencillo— y encargar cada cierto tiempo una limpieza a fondo del interior a un profesional, que además revisará el desagüe. Es un gasto pequeño comparado con vivir con un aparato que huele.






