La plancha es uno de esos electrodomésticos a los que no miramos hasta que nos traiciona. Un día la pasas por una camisa blanca y deja una sombra marrón, o arrastra en vez de deslizar, o escupe unas gotas con restos blanquecinos justo en la pechera. Casi siempre pensamos que se ha estropeado y la condenamos a un rincón del armario. En realidad, lo que tiene es una mezcla muy previsible de almidón quemado en la suela y cal acumulada en el depósito. Las dos cosas se resuelven en una tarde, con paciencia y sin productos agresivos.
Primero, identifica qué tiene pegado en la suela
No es lo mismo una capa marrón mate, que suele ser almidón de los apoyos y suavizante quemado, que un brillo irregular con pegotes transparentes, típico de fibras sintéticas derretidas, o unas marcas blancas alrededor de los agujeros, que son cal. Mirar la suela a contraluz, con la plancha fría y desenchufada, ahorra media hora de frotar sin rumbo.
La regla de oro es siempre la misma: nada de estropajos metálicos, cuchillos ni polvos abrasivos. La suela, sea de cerámica, antiadherente o acero pulido, tiene un acabado liso que es precisamente lo que permite deslizar. Una sola raya profunda la estropea para siempre y hará que enganche en cada prenda.






