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Mujeres como pacificadoras: un rol que no quiero pasar a mi hija

Schuster Borka4 min de lectura
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Mujeres como pacificadoras: un rol que no quiero pasar a mi hija — Familia

En muchas familias, desde hace generaciones, se asume que resolver los conflictos es tarea de las mujeres. Madres, abuelas, hermanas y esposas han desempeñado durante siglos un papel invisible pero fundamental: son las pacificadoras, los bomberos familiares, que se sientan entre dos parientes en disputa o escuchan por teléfono las quejas de ambas partes para intentar salvar la armonía familiar.

Este rol parece tan natural que casi no nos damos cuenta de la carga que implica para quienes lo asumen o nacen con él.

Yo misma aprendí muy joven que en mi casa la gestión de conflictos no era cosa de los adultos, sino a menudo mía. Escuchaba frases como: "Ve y dile a tu padre..." o "Habla con tu madre para que...". Así entendí pronto que mediar entre mis padres era una mejor estrategia que dejar que el conflicto creciera. ¿Por qué era mi responsabilidad? Entonces no lo pregunté, pero ahora sí.

Este hábito y reflejo nos acompaña a muchos en la vida adulta. Me imagino que en la mayoría de las cenas familiares navideñas hay al menos dos familiares que solo se sientan juntos si una mujer se pone en medio: alguien que calme las bromas pesadas, cambie el tema o simplemente absorba la tensión. Y esas reuniones familiares suelen estar ensombrecidas días antes por una avalancha de llamadas donde mujeres – madres, hijas, esposas – escuchan quién está molesto con quién y por qué. Ellas intentan crear paz entre personas que deberían resolver sus problemas directamente.

Dos mujeres conversando sentadas en un sofá

Un rol que rara vez recibe reconocimiento

El problema no es que alguien sea buen mediador, empático o amante de la paz. El problema es que este rol rara vez es valorado y, en cambio, muchas veces se explota a quienes lo desempeñan. A las “pacificadoras familiares” no se las ve como mediadoras que facilitan el crecimiento real de la familia, sino como un contenedor emocional. Alguien a quien se le puede descargar todo el veneno que no se atreve o no quiere decirse directamente. Así, la pacificadora no es un motor de cambio, sino un saco de boxeo emocional que recibe las frustraciones mientras asiente comprensivamente.

Este rol es agotador a largo plazo. Quita la alegría de los encuentros porque quien actúa como pararrayos siempre está alerta: ¿cuándo habrá que resolver otro conflicto? ¿Cuándo la conversación se tornará tensa? ¿Cuándo habrá que “apaciguar” de nuevo?

Pero esta carga no es parte natural de ser mujer, ni un talento innato, ni un “trabajo femenino”. Es una expectativa social que se transmite de generación en generación y que ya es hora de cuestionar.

Por eso decidí conscientemente no pasar este rol a mi hija. No la educaré para que sea la pacificadora entre personas que no quieren hablar.

Mujer sentada frente a un portátil frotándose los ojos

Le enseño que en la resolución de conflictos se puede pedir ayuda, pero que cada parte debe asumir su propia responsabilidad en la solución. Descargar nuestras emociones en alguien – especialmente en un niño – no es crecimiento, es traspaso de carga. Por eso no permito que otros familiares usen a mi hija para enviarse mensajes o para chantajes emocionales.

Confío en que la próxima generación – la suya – abordará los conflictos con mucha más conciencia. Aprenderá que expresar emociones no es descargar las propias sobre alguien y esperar que las resuelva. Que los desacuerdos pueden resolverse sin poner a un tercero como amortiguador.

Y las generaciones anteriores, quieran o no, tendrán que aprender a manejar sus propios conflictos. Porque mi hija ya no cargará con esas cargas. Ella no será la pacificadora de la familia, sino alguien que sabe que crear paz es una responsabilidad compartida, no una tarea heredada de una sola mujer.

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