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¿Quién soy si no soy útil? - Así aprendí a valorarme más allá de la cantidad de trabajo realizado

Schuster Borka3 min de lectura
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¿Quién soy si no soy útil? - Así aprendí a valorarme más allá de la cantidad de trabajo realizado — Estilo de vida

Como muchos, crecí con una frase profunda de mi familia rural: "quien no trabaja, no debe comer". De niña, no era solo una regla moral, sino una verdad cotidiana. El trabajo no solo era un deber, sino también una medida: una persona era útil mientras aportara algo a la comunidad. Mientras hacía, producía, cumplía.

Esta visión me dio una base moral sólida y una buena ética laboral, eso no lo niego. Me enseñó a asumir responsabilidades, a ser confiable y que el trabajo tiene peso.

Hoy ya no creo que solo merezca las necesidades básicas quien contribuye activamente a la sociedad. Solo piensa en niños, personas mayores o enfermas, y esa idea se desmorona. No son "inútiles", no valen menos ni merecen menos cuidado.

Somos sociedad porque cuidamos también a quienes no pueden cuidarse a sí mismos.

Porque la empatía y la seguridad no se otorgan solo por desempeño.

Mujer trabajando en la tablet por la noche

Durante mucho tiempo me valoré solo a través de mi trabajo

Aun así, no pude aplicar esta idea a mí misma por mucho tiempo. Creía que solo podía valorarme por lo que hacía. Cada noche repasaba todo lo que había logrado ese día. Si la lista no era larga, sentía culpa. Pero si tachaba todo, incluso adelantaba tareas para el día siguiente, me sentía satisfecha. Como si mi valor dependiera directamente de la cantidad de tareas cumplidas.

Con el tiempo, una pregunta empezó a rondar en mi mente: ¿estoy valorándome a mí o al trabajo que hice? Si un día hago menos, ¿valgo menos? Si estoy enferma, cansada o sin fuerzas, ¿pierdo temporalmente el derecho a cuidarme bien? ¿A descansar, a disfrutar, a existir?

Descubrí que había confundido sin darme cuenta la "utilidad" con la autoestima. No solo quería trabajar bien, sino que solo me permitía existir bajo condiciones. Si cumplía, podía sentir satisfacción. Si no, venía la autocrítica. Y eso a largo plazo no enseña disciplina, sino carencia de amor propio.

Joven aspirando de noche

El verdadero cambio llegó cuando empecé a aprender conscientemente qué significa amarme sin condiciones. No fue de un día para otro. Primero practiqué no reprocharme tras un día "poco productivo". Luego, a no justificar cada descanso, cada no, cada momento sin "hacer algo útil". Poco a poco entendí que mi valor no depende de las tareas marcadas en mi lista.

Esto no significa que dejé de valorar el trabajo o que perdí la importancia de ser confiable. Me gusta trabajar bien, que cuenten conmigo y me siento orgullosa de lo que creo. Pero ya no mido mi valor por eso. No necesito ganarme el derecho a cuidarme bien. No tengo que rendir para merecer descansar, disfrutar o ser paciente conmigo misma.

Hoy creo que ser útil es algo bueno. Pero ser humano no es un premio, es el estado natural. Y merezco cuidarme bien incluso cuando no hago nada "útil".

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