La mayoría de los hombres ya no sabe cómo comportarse. ¿Abro la puerta o me quedo quieto? ¿Pido el número o parezco un acosador? ¿Pago la cuenta o me toca de "malmachista"? El resultado es un desconcierto general que, al final, todos acabamos pagando.
Estas son algunas historias reales que retratan, con humor y algo de tristeza, el momento tan raro en el que vivimos.
La puerta
Cenaba con un amigo de toda la vida. Los dos estamos casados, pero cada dos meses quedamos religiosamente para comernos un buen entrecot. Al salir del restaurante, me di de bruces contra la puerta. Porque hasta el último segundo di por hecho que él la abriría, como siempre hacía. Pero no lo hizo.
Nos reímos, y entonces me confesó, medio avergonzado, lo que le había pasado. Una semana antes, en el trabajo, le había sujetado la puerta a la recepcionista, que iba cargada con un montón de carpetas. Y ella se lo tomó fatal.
"Perdona, pero me soltó con muy malos modos que ella sabía abrir su propia puerta, que no necesitaba la ayuda de ningún hombre. Y me sentó tan mal que desde entonces no me atrevo ni a ser amable con una mujer, no vaya a ser que me vuelvan a echar la bronca…"
El "acosador"
Quería presentarle a mi hermano a una compañera de trabajo, y una barbacoa en el jardín parecía la ocasión perfecta. Al final de la fiesta, cuando ya nos despedíamos, ella me dijo que creía que no le había gustado a mi hermano, aunque él a ella le parecía muy majo y habían charlado la mar de bien.
Le pregunté a mi hermano qué había pasado, y me dijo que estuvo todo el rato esperando a que ella le diera su número o lo agregara en redes. Le pregunté por qué no le había pedido él el contacto —al fin y al cabo, es cosa de hombres— y me respondió:
"Madre mía, ni de broma. No quería agobiarla, igual pensaba que soy un acosador o algo así."
Ahí me di cuenta de una cosa: hoy en día los hombres tienen tanto miedo a un rechazo brusco que ya ni se atreven a acercarse. Solo dan el paso cuando la mujer deja clarísimo que le interesa.
Y no es un fenómeno aislado. Cada vez cuesta más entender qué se espera realmente de cada uno al conocer a alguien, y esa confusión termina paralizando a todo el mundo.
El toro por los cuernos
Para una fiesta de empresa con pernocta llevé un montón de bebida, así que mi maleta con ruedas pesaba lo suyo. Tomé aire y me armé de valor para meterla en el maletero del coche de mi jefe, cuando me di cuenta de que a mi lado había dos compañeros mirándome con una sonrisita cínica.
Cuando les pregunté si me echaban una mano, la respuesta fue: "¿Ves? ¡De algo tenía que servir tanto feminismo!"
Les dejé claro una cosa: el feminismo no significa rechazar la cortesía básica. Significa querer el mismo respeto mínimo que a los hombres se les da por sentado desde siempre…
A escote
Hace poco terminó una relación larga, lo que significa que, después de diez años, he vuelto al mundo de las citas. Y me quedé de piedra al descubrir que ahora lo normal es pagar la cita a medias.
Sinceramente, ni se me ocurrió pagar mi consumición en la primera cita, y me pilló por sorpresa cuando el chico empezó a sacar cuentas del ticket para ver quién había gastado cuánto. Pensé que le había caído tan mal que ni siquiera estaba dispuesto a invitarme al café y al trozo de tarta. Pero al día siguiente me escribió diciendo que le había gustado y que quería volver a verme.
Se lo conté a mis compañeras más jóvenes y me explicaron que hoy funciona así. Pues bien, yo no llamaría a esto precisamente una victoria de la igualdad entre hombres y mujeres.
Entonces, ¿en qué quedamos?
Mi hermano se quejaba hace poco de que había oído mil veces eso de que a las mujeres les vuelven locas los hombres sensibles. Así que a su nueva chica le contó un recuerdo traumático de su infancia, y hasta se le saltaron un par de lágrimas. Ella lo abrazó… y al día siguiente lo dejó por mensaje, diciéndole que no se lo tomara a mal, pero que a ella le gustan los "hombres masculinos".
Manitas
Fui a llamar a la puerta del vecino de al lado (unos 35 años, musculoso, muy viril, de esos que cada semana llega a casa con una mujer distinta) para pedirle que me colgara una estantería. Como pago, le ofrecí mi divina tarta de manzana.
Me dijo que en su vida había cogido un taladro, pero que me garantizaba que su tarta de manzana era más rica que la mía.
Al final fue el vecino de 74 años quien me colgó la estantería, y encima elogió mi tarta. Me dijo que no había comido nada tan bueno desde que murió su mujer.
Creo que esta es la historia más de 2026 que existe.
¿El feminismo está en contra de la cortesía?
No, según cuentan estas historias. El feminismo no consiste en rechazar los gestos amables, sino en pedir el mismo respeto básico que los hombres reciben por defecto.
¿Por qué los hombres tienen miedo a dar el primer paso?
Por el temor a un rechazo brusco y a ser vistos como acosadores. Como muestra una de las anécdotas, muchos prefieren esperar a que la mujer deje claro su interés antes de acercarse.
¿Pagar a medias es señal de igualdad?
La autora no lo ve así. En su experiencia, dividir la cuenta hasta el último café en la primera cita se ha vuelto lo habitual, pero no le parece precisamente una conquista de la igualdad.
¿A las mujeres les gustan los hombres sensibles o no?
Ahí está justo la confusión que retrata el artículo: se repite que sí, pero luego la realidad puede ser muy distinta, como le pasó al hermano de la autora tras abrirse emocionalmente.











