En esa época, la palabra de los adultos era la única verdad segura. Si mamá, papá o el profesor lo decían, así era. Al menos eso pensábamos. Luego crecimos y nos dimos cuenta de que algunas de esas afirmaciones eran más bien creativas "herramientas educativas".
¡Veamos cuáles fueron esas legendarias "verdades" de nuestra infancia!
“Si orinas en la piscina, el agua cambia de color”

Seguramente todos los niños de los 90 tenían esta frase en la cabeza cuando llegaba el verano y disfrutábamos de las piscinas al aire libre. El mayor freno de los padres para evitar momentos incómodos y poco higiénicos era el temido “agua que cambia de color”. Se decía que había un químico secreto en el agua que delataba si alguien orinaba. El truco funcionaba: nadie quería estar en medio de un remolino azul o rojo llamativo.
“No te tragues la semilla, porque te crecerá en el estómago”

Esta fue una de las historias de terror de nuestra infancia. Con solo tragarte una semilla de sandía o cereza, el pánico llegaba: “¡Dios, me va a crecer algo en el estómago!”. Algunos decían que a un primo de un conocido le pasó, así que lo tomábamos en serio. Más tarde descubrimos que nuestro cuerpo no es un jardín, pero hasta entonces tuvimos algunas noches sin dormir.
“Si te tragas el chicle, se te pegará en las tripas”

Parece que en nuestra infancia disfrutábamos mucho de lo prohibido, porque después de las semillas, el chicle también fue protagonista de historias aterradoras. Circulaban dos advertencias: que si te lo tragabas, estaría dentro de ti por 7 años, y que “se te pegarían las tripas”. Sonaban tan científicas que ni nos atrevíamos a cuestionarlas.
“No mires la tele tan de cerca, porque se te dañarán los ojos”

¿Quién no recuerda la magia de los domingos por la mañana? Cereal azucarado, pijama heredado y la gran estrella de la época: la tele, con el Club Infantil de la mañana. Era el placer culpable de los 90, pero nuestros padres nos advertían: “¡Siéntate más lejos o se te dañarán los ojos!”. El miedo a las gafas empezaba muy temprano. Más tarde la ciencia desmintió ese temor, pero la advertencia era como un diagnóstico médico anticipado.
“Después de comer no puedes meterte al agua porque te vas a ahogar”

Uno de los momentos más frustrantes de los días de playa era cuando todos ya estaban en el agua y tú seguías mirando el reloj porque apenas habías tragado el último bocado de pan con mantequilla hace 20 minutos. Nuestros padres decían que toda la sangre se iba al estómago y si entrábamos al agua, nos desmayaríamos y nos ahogaríamos. Suena dramático y lo es: la ciencia dice que es una exageración total, solo puede ser incómodo nadar con el estómago lleno. Esta regla solo servía para que descansáramos unos minutos a la sombra y no estuviéramos todo el día bajo el sol.
Hoy nos reímos de estas historias, especialmente porque la magia de los 90 estaba hecha de cuentos como estos. ¿No te pasa que a veces extrañas ese mundo?











