En los últimos años me he abierto más a la espiritualidad, siempre dentro de los límites del sentido común, pero con una curiosidad sincera. A menudo me hago preguntas eternas: ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué bloqueos dificultan mi camino? y sobre todo: ¿Cómo puedo aprender de ellos? Desde que cambié mi actitud, siento que las cosas a mi alrededor encajan mejor y que la suerte parece acompañarme.
Hoy en día, no veo los eventos negativos como obstáculos, sino como oportunidades: señales de que aún tengo trabajo por hacer conmigo misma. Seguro que tú también has vivido alguna dificultad que, al final, te dio mucho más de lo que te quitó. No digo que debamos alegrarnos de lo malo, pero esta idea me ayuda mucho en el día a día. Además, en mis viajes se repite la sensación: gracias a los desafíos, siento que recojo pequeñas piezas de mí misma en distintos rincones del mundo.
Un encuentro que fue más allá del azar
Hace poco, en un vuelo corto, pasó algo que no esperaba. No reservamos asientos juntos, porque solo eran unas horas y suelo aprovechar para sumergirme en mis pensamientos: leer, escuchar música o simplemente desconectar. Pero esta vez hablé con la mujer que estaba a mi lado. No sé por qué, nunca lo había hecho antes, pero sentí que tenía que mostrarle lo hermoso que se veía el lago Balaton desde allí.

Desde la primera frase, sentí como si nos conociéramos de toda la vida. No fue una charla educada entre desconocidas, sino que tocamos temas que normalmente solo se abren tras varios encuentros, y con cuidado. Hablamos rápido de viajes, libros, numerología, astrología e incluso política. Pero lo hicimos con tanta naturalidad que parecía lo más normal del mundo.
Compartíamos muchos libros, llegamos a las mismas conclusiones y coincidimos en temas generacionales y educativos. Sonreía para mis adentros al ver que llevaba tres pulseras de minerales en la mano izquierda, igual que yo. O cuando contó que tras su divorcio no se llevó nada, solo sus libros. Algunos siguen en cajas grandes, pero no quiere deshacerse de ellos. Justo esta semana dije en casa que necesito una nueva estantería porque ya no me caben mis libros, pero no pienso deshacerme de ninguno.
Un punto en común en la lista de deseos
Jordania ha estado en mi lista de deseos por mucho tiempo. Siempre sentí que no sería un viaje cualquiera, sino que me traería un aprendizaje profundo. Lo pospuse, pero hace poco compramos los billetes y reservamos el alojamiento. Mi corazón late con emoción cada vez que pienso en ello.
Entonces llegó otra confirmación. La mujer a mi lado, que ha recorrido el mundo (espero poder decir lo mismo en 30 años), añadió que Jordania es el único lugar al que volvería siempre. No es religiosa, pero en el monte Nebo vivió algo especial, profundo e intangible. Supe que cuando esté allí el próximo año, ella vendrá a mi mente.
En un momento me di cuenta de que no hablaba con una desconocida, sino con mi yo 30 años mayor. Una mujer más experimentada, sabia, pero aún apasionada y consciente, que parecía venir del futuro para mostrarme algo. Al aterrizar, casualmente descubrimos que compartíamos el mismo nombre.
Es difícil poner en palabras lo que sentí en ese encuentro y cómo fue empezar así un viaje especial, en el que buscamos las raíces y la historia de la humanidad. Al despedirnos, coincidimos en que no existen las casualidades.
El destino me dio un recordatorio con esta conversación, pero olvidé preguntarle qué significó para ella, por qué fueron necesarias esas horas juntas.
En cualquier caso, esta experiencia reforzó en mí que cada encuentro y cada aprendizaje tienen un motivo. Quizá por eso amo tanto viajar. En cada camino y lugar nuevo está la oportunidad de acercarnos a quienes realmente somos, aunque no siempre sea de la forma que esperamos.











