La suela: cada material pide un gesto distinto
Para la suciedad de andar por casa —esa capa mate que se ve a contraluz— basta con un paño de microfibra humedecido y un poco de jabón neutro, frotando en frío y secando después. Si hay restos pegados, la pasta de bicarbonato con unas gotas de agua funciona bien: se aplica con el dedo o con un paño suave, se deja actuar un par de minutos y se retira con otro paño húmedo, sin presionar y sin dejar polvo en los agujeros del vapor.
Lo que nunca debe entrar en esta operación es el estropajo metálico, la lana de acero o cualquier crema abrasiva sobre suelas antiadherentes o cerámicas: una sola pasada deja microarañazos que retienen suciedad y estropean el deslizamiento. Si lo que se ha quedado pegado es plástico o fibra sintética derretida, apaga, deja enfriar y retira el resto endurecido con una espátula de madera o de plástico duro, con paciencia y sin rascar el revestimiento.
Otro clásico que sí ayuda: pasar la plancha tibia, sin vapor, sobre una toalla vieja de algodón limpio o sobre papel de cocina espolvoreado con un poco de sal gruesa. Sirve para arrastrar residuos superficiales en suelas de acero; en suelas delicadas, mejor quedarse en el paño y el jabón.
Los agujeros del vapor: donde se esconde la cal
Los orificios de la suela son el punto crítico. Ahí se acumulan cal y restos de almidón que luego salen disparados en forma de manchas. Con la plancha fría, repasa cada agujero con un bastoncillo de algodón humedecido en agua; si notas costra blanca, un bastoncillo apenas mojado en agua tibia y mucha insistencia suele ser suficiente. Para un acabado más fino, un palillo de madera ayuda a sacar lo que queda en el borde, pero nunca uses agujas ni objetos metálicos: agrandar un orificio es irreversible.






