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No funciona sin explicación: ¿Por qué justificamos nuestros sentimientos en vez de vivirlos?

Schuster Borka3 min de lectura
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No funciona sin explicación: ¿Por qué justificamos nuestros sentimientos en vez de vivirlos? — Estilo de vida

“No estoy celosa, solo que esta situación me parece sospechosa si lo piensas bien”, me dijo hace poco una amiga. “No me hizo daño, solo salió mal todo”, escuché de otra durante la charla navideña en casa. Esas frases se quedaron dando vueltas en mi cabeza, y desde entonces las observo conscientemente. No solo en otros, también en mí misma. Como si nuestros sentimientos por sí solos no fueran lo suficientemente aceptables, y de inmediato intentáramos añadir una nota al pie. Un contexto. O, si prefieres, una justificación.

Como si temiésemos que si dejamos que nuestros sentimientos simplemente existan, serán demasiados, o que nosotros mismos nos volvamos demasiado.

A muchos nos educaron para pensar que los sentimientos necesitan explicación. No importaba qué sentías, sino “por qué lo sientes”. Y ese por qué muchas veces no era curiosidad, sino un juicio. Demuestra que lo que sientes es válido. Que no exageras. Que no eres histérica, sensible o ingrata. Así aprendimos desde temprano que el sentimiento solo no basta: hay que defenderlo, justificar por qué sentimos lo que sentimos.

Detalle de retrato de mujer, ojos llorosos con maquillaje corrido y una perla bajo el ojo

Entender nuestros sentimientos puede ser una herramienta valiosa para detener ciclos negativos, ayudarnos a responder mejor, identificar el problema real que los provoca y encontrar soluciones. Pero es fácil caer en el error de buscar esa explicación de inmediato, en lugar de aceptar que simplemente estamos sintiendo algo.

Porque explicar parece más seguro que sentir

Cuando analizamos, enmarcamos o racionalizamos, el sentimiento incómodo parece alejarse de nosotros. Ya no está dentro de nosotros, sino que se convierte en un objeto de pensamiento. Un proyecto. Un problema que se puede resolver. Pero mientras tanto, olvidamos estar presentes en él.

Los sentimientos no son problemas, son señales. No vienen para que los diseccionemos, sino para que los escuchemos. La ira no pide explicación, pide espacio. La tristeza no necesita análisis, necesita tiempo. El miedo no busca lógica, busca seguridad. Cuando interpretamos nuestros sentimientos de inmediato, a menudo silenciamos justo la información que traen.

Mujer gritando, retrato

Claro que también hay un deseo fuerte de control. Los sentimientos son impredecibles. Si los vivo, no sé cuánto durarán ni a dónde me llevarán. Si los explico, siento que controlo la situación. Soy inteligente, reflexiva, madura.

Y por aceptar que justo eso está pasando en nuestro interior.

Joven riendo inclinada sobre una barandilla, detrás un letrero que dice Smile

Quizá la mayor liberación sería permitirnos esa sencillez: no empezar a justificarnos de inmediato. No poner entre paréntesis el sentimiento para analizar las causas. No apresurarnos a superarlo, sino quedarnos un rato con él. Incómodos, inseguros, pero sinceros. Porque nuestros sentimientos no encajan cuando los entendemos, sino cuando finalmente los vivimos.

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