La semana pasada cumplí treinta y siete años. Cuando era más joven, nunca imaginé cómo sería la vida después de los 35. En mis veinte pensaba que para entonces todos serían "adultos": seguros, estables, tranquilos y con menos preguntas. Aquí estoy ahora, y aunque la estabilidad ha llegado en muchos sentidos, las preguntas no han disminuido, solo han cambiado.
No puedo negar que mi cuerpo también ha empezado a contar su propia historia. La mayoría de las arrugas al despertar desaparecen al terminar el desayuno, pero algunas ya se quedan conmigo. Mi piel reacciona diferente que hace diez años, y al ver fotos antiguas, noto cuánto ha cambiado todo. Tengo unos kilos de más respecto a mi peso habitual, aunque mi dieta y rutina de ejercicio no han cambiado. Simplemente estoy entrando en otra etapa de la vida, y eso es normal.
Me observo en el espejo. A veces sigo buscando mi rostro de antes, pero luego descubro algo nuevo que me gusta. Mi mirada es más serena. Mis rasgos tienen una profundidad que no conocía a los veinte: una profundidad que solo los años pueden traer. A veces me pregunto cuándo aparecerá la primera cana y qué sentiré al verla.
Estoy valorando cuándo llegará el momento para un retoque estético más serio. No lo veo imprescindible ni creo que nadie "deba" hacerlo. Pero sé que cuando llegue ese momento, será porque yo lo quiero, sin culpa. Esto también soy yo: una mujer que quiere sentirse bien en su piel, sea lo que sea que eso signifique.
Al mismo tiempo, me recuerdo que envejecer no es solo la historia del cuerpo. Es igual de importante la historia de quién soy por dentro.
Porque al mirar atrás, no puedo evitar sentir orgullo por todo lo que he vivido. Ya no me romperían esas situaciones que a los veinte me habrían aplastado. Sé cuándo decir no y no siento culpa por elegir cuidarme.
Envejecer suele verse como algo negativo. Pero hay algo profundamente humano, incluso fascinante en ello. Nuestro cuerpo cambia, como todo lo vivo. ¿Por qué no verlo como un proceso emocionante?
Recuerdo cuando conocí a mi pareja (entonces solo una aventura pasajera, porque como pareja seria nos reencontramos años después), teníamos veintitrés años. Su cabello era negro azabache, denso y suave, mis dedos casi se perdían en él. Hoy, la luz del sol brilla en las canas y los mechones son más escasos. Pero al mirarlo, me siento afortunada de ver ese cambio. Veo los años compartidos, las risas, los silencios, las decisiones. Si puedo mirar su cambio con tanto cariño, ¿por qué no hacerlo conmigo?
Quizás esta sea la lección más grande de mis 37 años: que el cambio de mi cuerpo no es pérdida, sino prueba. Prueba de que vivo, experimento, río, lloro y amo. Que en cada pequeño detalle hay una historia, y ninguna es motivo de vergüenza.
Mi yo más joven quizás habría temido lo que ahora veo en el espejo. Pero hoy siento curiosidad. ¿Cómo seré a los cuarenta? ¿O a los cincuenta? Tal vez con más canas, más líneas de sonrisa, más recuerdos en mi reflejo. Y si tengo suerte, también más paz.
Si esto es envejecer, no le tengo miedo. Más bien, lo abrazo. Despacio, a mi ritmo, día tras día, mientras siento cómo la luz del sol acaricia mi rostro en la ventana, tal como siempre lo ha hecho y seguirá haciendo. Sin importar cuántas arrugas aparezcan.











