Soy de las que prefieren las taquillas automáticas a esperar al repartidor. Sin coordinaciones, sin horarios, sin sorpresas. Al menos, eso creía yo. Cuando mi compañera publicó su segunda novela, lo tuve claro: pedí tres ejemplares de golpe, uno para mí y dos para regalar a amigas que sabía que lo amarían.
Lo que vino después fue una cadena de pequeños contratiempos. Llegó la notificación, introduje el código y... nada. La taquilla no se abrió. El sistema se había bloqueado y el cajón no respondía. Llamé al servicio de atención al cliente, intentaron solucionarlo de forma remota, pero el cierre sencillamente había dejado de funcionar. Sin más dramas, dicté mis datos para que me lo enviaran a casa y seguí con mi tarde. Tenía aún unos capítulos pendientes del libro que estaba leyendo. Pensé que ese capítulo del día estaba cerrado. Pero la vida tenía otros planes.
Solidaridad entre mujeres, en el lugar más inesperado
Estaba en plena cena cuando sonó el teléfono con un número desconocido. A las seis de la tarde, lo normal sería ignorarlo, pero algo me dijo que cogiera la llamada. Al otro lado, una voz femenina amable y tranquila: estaba justo delante de la taquilla automática. Me explicó que, al recoger su propio paquete, el cajón de al lado se había abierto solo, con mi nombre y mi número de teléfono visibles en la etiqueta. Y había decidido llamarme.
Como no podía volver a cerrar la puerta, en lugar de irse y dejar mi pedido a su suerte, buscó mi número en la etiqueta y me llamó. Me dijo que me esperaría hasta que llegara, para que nadie pudiera llevarse mis cosas. Me quedé sin palabras. Sí, hay cámaras por todas partes, pero ella no tenía ninguna obligación. Podría haber seguido caminando sin más.
Si ella no hubiera actuado así, cualquiera podría haber cogido mis libros, y yo habría acabado dando vueltas por los interminables laberintos del servicio al cliente.
Recibimos lo que damos
Colgué el teléfono y salí corriendo hacia la taquilla con una sonrisa que no podía disimular. Porque lo más bonito de todo no era solo el gesto, sino la coincidencia. Dentro de ese paquete había tres ejemplares de la novela de mi compañera, un libro que habla precisamente de cómo encontramos nuestra fortaleza interior y de cómo las mujeres podemos apoyarnos las unas a las otras en el día a día. Y allí estaba una desconocida, de pie frente a una taquilla, haciendo exactamente eso.
A menudo escuchamos que la gente ya no se fija en los demás, que cada uno va a lo suyo. Pero son estas pequeñas historias cotidianas las que desmienten ese relato con más fuerza que cualquier discurso. Al final, solo nos dio tiempo a un rápido "gracias" antes de que cada una siguiera su camino. Pero mientras volvía a casa con los libros bajo el brazo, me di cuenta de que no hacía falta más. A veces no son los grandes gestos los que nos devuelven la fe en las personas, sino estas paradas de apenas unos minutos, completamente desinteresadas, que nos recuerdan que, en el fondo, seguimos estando en el mismo equipo.











