No quiero ofender a nadie. De verdad que no. El lago donde crecí es precioso, el atardecer sobre el agua es una postal, y sé que para mucha gente está unido a los mejores recuerdos de la infancia. Para mí también.
Allí aprendí a nadar, allí pasé mi primer verano con mis amigos, allí comí por primera vez con las manos llenas de arena. Esos recuerdos se quedan conmigo para siempre y nadie me los puede quitar. Solo que algo ocurrió durante mi primer contacto real con el mar, y desde entonces nada volvió a ser igual.
La primera vez que vi el mar de verdad
Tenía poco más de veinte años cuando vi el mar por primera vez. No en un lugar exótico de ensueño, solo el Adriático, en un viaje de verano cualquiera. Pero cuando me metí en el agua y el agua me sostuvo sola en la superficie, sin necesidad de nadar, solo de estar y flotar... algo se abrió dentro de mí. El olor a sal, el sonido de las olas, ese azul profundo y transparente.
Y ese instante en que miré hacia el horizonte por primera vez y no había ninguna orilla al otro lado. Solo agua, hasta donde alcanzaba la vista. De vuelta en el coche ya lo sabía: algo había cambiado, y era irreversible.
El lago ya no era el mismo
Al verano siguiente volví al lago. Las mismas vacaciones de playa, los mismos rincones, la misma comida de siempre. Solo que ahora tenía con qué compararlo.
El agua estaba templada y plana, casi como estar dentro de una bañera enorme. No había olas.
El olor era distinto, el color también, y bajo mis pies notaba el fondo lleno de fango. Me acordé de lo que era estar sobre un fondo de arena, con el agua tan transparente que podías mirar hacia abajo y verlo todo. No era peor, solo... diferente. Y cuando lo dije en voz alta, todos me miraron como si hubiera cometido una traición.
Entiendo el amor por el lago
De verdad lo entiendo, y no lo digo con ironía. Si creciste allí, si pasaste tu primer verano con tus amigos allí, si organizaste tu primera fiesta en la casa de veraneo de tus abuelos, ese lago es tuyo, y eso nadie te lo puede arrebatar.
El apego a un lugar no tiene que ver con el agua, sino con los recuerdos, las personas y las emociones que quedan pegadas a él.
Gran parte del amor por ese lago no tiene que ver con el lago en sí, sino con quién eras allí y con quién estabas. Yo también lo quiero, solo que ya no por el baño.
Para mí el mar es otra categoría
El mar, para mí, es otra cosa. No es moralmente mejor, ni más elegante, ni más selecto: simplemente es una experiencia física distinta, muy difícil de explicar a quien todavía no la ha sentido. Las olas que te atrapan y te llevan por un instante. La sal que hace que flotar sea más fácil.
Ese horizonte infinito que tienes delante cuando entras en el agua y miras alrededor. Agua por todas partes, nada más. En el lago ves la otra orilla. En el mar no ves nada, solo agua y cielo. Y eso me da algo que no sé explicar del todo.
Hasta el olor es diferente
Este es quizá el punto más sincero de todo, y sé que muchos discutirían conmigo: el olor de un lago abarrotado en pleno verano, con la playa a rebosar y cuarenta grados, no es precisamente ese aroma que uno recuerda con nostalgia. El aire salado, ese olor limpio y afilado que te golpea ya desde la orilla, es sencillamente otra cosa. Lo respiras y algo cambia en ti al instante.
Ahora siempre elijo el mar
No digo que no vaya a volver nunca al lago. Voy, doy una vuelta, contemplo el atardecer, me tomo un buen vino y seguramente hasta pico algo. ¿Pero bañarme? ¿Meterme en esa agua poco profunda, templada y de fondo turbio, después de saber lo que se siente al flotar en el Adriático o en el Mediterráneo? Eso ya no me sale.
No es cuestión de nostalgia, es simplemente que mi cerebro ya sabe cómo es el mar de verdad, y no puede fingir que no lo sabe.
No quiero hablar mal del lago, solo reconozco que a mí el mar me malacostumbró. Y de esa clase de "vicio" no se ha arrepentido nadie todavía.
¿Por qué el mar se siente tan distinto a un lago?
Por la sal, que ayuda a flotar sin esfuerzo, por las olas y por ese horizonte infinito sin orilla al otro lado. Es una experiencia física difícil de describir hasta que la vives.
¿Significa esto que el lago no vale la pena?
Para nada. El apego a un lugar no va del agua, sino de los recuerdos, las personas y las emociones ligadas a él. Un lago sigue siendo precioso y lleno de vida propia.
¿Se puede disfrutar del lago sin bañarse?
Claro. Muchos lo viven paseando, viendo el atardecer, tomando un buen vino o comiendo algo típico. El baño es solo una parte de la experiencia.











