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La mochila de la infancia se queda y la seguimos cargando, hasta el próximo baño de espuma

Schuster Borka3 min de lectura
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La mochila de la infancia se queda y la seguimos cargando, hasta el próximo baño de espuma — Estilo de vida

En los últimos años hemos escuchado mucho sobre la importancia del tiempo para uno mismo, el autocuidado y el amor propio. Instagram, TikTok y las portadas de las revistas están llenas de ello. Si buscas cómo cuidarte, enseguida te dan la receta: enciende una vela, prepárate un té, usa tu mascarilla facial favorita y sumérgete en un baño de espuma. Y, sinceramente, hay algo de verdad en eso. A veces realmente necesitamos una noche tranquila, una taza de té caliente o un gran suspiro (quizás alguna palabrota susurrada), mientras me envuelvo en una manta en el sofá y pongo Netflix.

Pero siempre me molestó que pareciera que el "autocuidado" se reduce a eso. Como si el amor propio fuera solo una foto bonita, filtrada, con velas de lavanda y mantas suaves perfectas. Como si fuera la solución definitiva para todas nuestras heridas emocionales y traumas antiguos. Pero siendo honesta conmigo misma, el estrés, los días malos o el cansancio tal vez se alivian con un té humeante, pero el dolor que cargamos durante décadas no desaparece así.

Al menos, así lo viví yo. Durante mucho tiempo caí en el error de pensar que si descansaba lo suficiente, leía, meditaba y hacía algún "pequeño gesto amable" por mí, todo se iría suavizando poco a poco. Y no digo que eso no pueda hacer bien ni que no sea importante.

Lo que sí sé es que el origen de los problemas, las heridas reales no las cura ni toda la lavanda seca del mundo. La mochila de la infancia se queda y la seguimos cargando, hasta el próximo baño de espuma.

Me llevó tiempo entender que el verdadero amor propio no es solo ser amable contigo mismo, sino también trabajo duro. Que no basta con calmar al niño que llevo dentro, hay que criarlo. Darle lo que no recibió de niño, y eso es tan duro como criar a cualquier hijo. Y a veces se necesita una buena dosis de "amor duro".

Hoy veo el amor propio más en ir al gimnasio incluso cuando lo último que quiero es acurrucarme bajo la manta y desaparecer del mundo. No porque "tenga que hacerlo", sino porque me debo cuidar el cuerpo. Ser fuerte. Hacerme bien incluso cuando no es fácil. El autocuidado a veces no es un pijama de seda, sino unas zapatillas de deporte sudadas.

Para mí, el amor propio fue ir a terapia y enfrentarme a cosas que hasta entonces había evitado. No fue idílico; muchas veces volví a casa sintiendo que me habían exprimido el alma. Cerraba la puerta del psicólogo pensando: "Acabo de pagar un dineral para sentirme peor que esta mañana". Pero sabía que era parte del camino, que aunque doliera, un pedacito de mi alma se estaba arreglando. Como cuando limpias una habitación después de mucho tiempo y, aunque el caos aumenta durante el proceso, al final respiras aliviado.

La verdad es que el amor propio no siempre es agradable. No siempre es suave y fragante. No es el camino fácil. Pero si realmente te quieres, no eliges el camino fácil, porque sabes que quien eres vale el esfuerzo.

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